Había un rey que convocó a los distintos artistas de su reino para que representaran en un cuadro 'la Felicidad'. El ganador recibiría a cambio una bolsa de monedas de oro y sería reconocido por todos en la comarca.
Llegado el día, al ingresar al salón de exposiciones donde había muchas obras, el rey quedó sorprendido. Entre ellas había: cielos que representaban atardeceres; otros cuadros mostraban playas, flores, nubes; varios otros, aves en pleno vuelo, con distintas tonalidades de color de cielo; otros más, rostros de niños; incluso había un bodegón con frutas y panes en una mesa; otro cuadro consistía en una vista amplia de una parte de la ciudad, contemplada desde la altura de una montaña.
El rey siguió mirando y mirando, mientras llegaban más cuadros que en el fondo tenían imágenes similares.
Lentamente se paraba, miraba y seguía hasta que llegó a uno que lo sorprendió y causó su admiración. Este cuadro contenía la siguiente representación sobre 'la Felicidad': unas montañas oscuras imponentes servían de fondo, en cuyo centro una gran cascada de agua reventaba sobre unas rocas que sobresalían en la parte baja del cuadro. El cielo era tormentoso. A la derecha se observaba una rama seca como puesta en medio del cuadro y en prime plano, posado sobre esta rama, estaba pintado un 'turtu-pilín', un pajarito con un plumaje rojo en la cabeza y en el pecho, quien no obstante su pequeño tamaño, se mostraba imponente, radiante, en esa inmensidad.
El rey volteó la vista hacia sus acompañantes y preguntó: "¿Qué les parece?"... Estos empezaron a reír y dijeron: "Es una burla, debes castigar al autor".
El rey, exaltado, repuso: "No señores, este es el cuadro ganador...".
Obviamente nadie se atrevía a cuestionar tal decisión; sin embargo, el más joven de ellos no aguantó la curiosidad y más que preguntar sobre la decisión del rey, dijo: "Señor, me encantaría que me enseñes lo que tú ves que no puedo ver yo".
El rey, entendiendo su habilidad para interrogarlo, con una sonrisa le respondió: "Mira fijamente, cierra los ojos y dime lo que sientas, no lo que has visto, sino lo que sientes".
Luego de un largo rato, el joven respondió: "Siento angustia, temor, es algo tétrico; no siento tranquilidad, menos felicidad".
Entonces el rey le preguntó: "¿Nada más?"... A lo que el joven contestó: "Nada más, señor".
El rey, dirigiéndose a todos con voz alta, les dijo: "Este joven ha visto lo mismo que muchos de ustedes seguramente ven: angustia, temor un paisaje tétrico; sin embargo, yo veo en medio de las adversidades cómo vive una hermosa avecilla".
Amigos, tenemos que aprender a ser felices aunque existan calamidades, tropiezos. La felicidad no es una meta, es todo el trayecto, es el día a día; es saber vivir sin amilanarse por las adversidades...".
Luego de una larga pausa, mientras miraban el cuadro, algunos entendieron el mensaje; pero otros, lamentablemente, continuaron ciegos.

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